Argento y Luna Azul
José G. Cisneros Estrada
HOMBRE LOBO.- Según una antigua superstición, hombre que se transforma, por sí mismo o por causas ajenas, en un lobo en apariencia y naturaleza.
El hombre-lobo que a veces se transforma bajo la influencia de la luna llena, vaga sin propósito fijo por la noche, devorando niños o cadáveres.
LICANTROPÍA.- El término licantropía se refiere a la alucinación que padecen algunas personas que creen haberse convertido en Lobo.
Varios escritores clásicos han proporcionado en sus obras relatos sobre estas transformaciones, extendiéndose la superstición por toda Europa durante la Edad Media tardía, en la que varios hombres fueron acusados y condenados por ser Hombres-Lobo.
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Prólogo
El verano había sido uno de los más calurosos de los que se tuviera conocimiento, todo se debía a un extraño fenómeno que los meteorólogos de los noticieros explicaban una y otra vez. Pero a la mayoría de las personas no le interesaba saber de milibares de presión atmosférica o de manchas solares, lo que a la gente común le interesaba era saber cuándo se iba a acabar el infierno en el que se había convertido el inicio de aquel otoño. Otoño en el que en años anteriores, hubieran empezado a usar abrigadores suéteres, pero que hoy ni con la ropa más ligera se dejaba de sentir como la tela quemaba al contacto con la piel.
Se había recomendado a la población no hacer actividades al aire libre en el lapso de las diez a las dieciocho horas y, en el dado caso de tener que salir, usar bloqueador solar, cachuchas o paraguas. No era raro que al anochecer los parques estuvieran llenos de niños que no comprendían por qué el calor tendría que mermarles su derecho a jugar al aire libre.
Un auto plateado se detuvo justo frente a un grupo de niños que cruzaron la calle corriendo sin precaución alguna, tras ellos iba una joven mujer empujando una carreola rosada, la mujer miró al conductor del coche plateado y le sonrió, el hombre le devolvió la sonrisa más por inercia que por gusto propio; él vivía justo frente al parque y, antes de ese infernal verano, él podía llegar del trabajo alegremente a las ocho en punto de la noche y salir a correr en ese parque durante una hora o más sin la molesta intromisión de tantos niños, pero hoy no, hoy tendría que esperar hasta las once de la noche, cuando todos esos pequeños vampiros involuntarios volvieran a casa cansados de tanto correr y alterar la vida de los adultos.
El hombre del auto plateado se estacionó en la cochera y subió al elevador del lujoso edificio de departamentos, llevaba el portafolio lleno de papeles en una mano y su saco en otra. Abrió su departamento amueblado en estilo minimalista, dejó el portafolio en el suelo y encendió el televisor. Los noticieros informaban que el calor seguirá hasta mediados de octubre y después iría disminuyendo, aunque tal vez el invierno fuera el más caluroso de los últimos treinta años; cambió de canal, quería olvidarse por un momento de todo lo que tuviera que ver con el clima, dejó sintonizada una película polaca, aunque la pantalla mostraba un eterno 37°C en la esquina superior derecha.
Se desnudó y entró a la ducha, cuando salió se vistió con unos shorts deportivos y una camiseta de tirantes, mientras se ponía los tenis sintió ganas de vestir algo más formal y tal vez ir a algún bar con clima artificial y beber alguna cerveza helada, pero correr era una rutina a la que no había renunciado a menos de que estuviera lloviendo, y hoy no llovería. Cuando comenzó su calentamiento, decidió que no correría en ese parque y empezó a trotar calle abajo, ajustó el cronómetro a ceros y los audífonos en sus orejas, hacía mucho que no recorría esa parte de la ciudad, ya casi había olvidado algunos de los comercios que ahí había.
Cuando llegó a la parte más baja de la ciudad, sintió unos enormes deseos de regresar, pero justo cuando iba a dar media vuelta, alcanzó a distinguir el parque central, decidió dar una vuelta completa y luego regresar.
Mientras iba corriendo por la acera, sintió una leve brisa fresca; hacía mucho tiempo que no sentía viento que no fuera expulsado por algún ventilador, la luna llena brillaba en el cielo, lo que le daba al paisaje un tono azulado, aunque los arbustos al centro del parque parecían enormes bultos negros. Se dirigió hacia donde había un poco más de luz, y quiso dar una segunda vuelta al parque, miró su reloj y vio que pasaba de la medianoche, se detuvo y empezó a hacer sus ejercicios de enfriamiento, siguió caminando y se internó entre los arbustos para regresar a casa.
Sintió un leve dolor en el pecho y se detuvo a tomar un poco de aire, se inclinó hacia adelante y colocó sus manos en las rodillas, apartó los audífonos de su cabeza y escuchó un ruido que provenía de entre los árboles, miró hacia el lugar de donde provenía el ruido y solo vio dos pequeñas lucecitas, como canicas. Empujó el puente de sus anteojos para ver mejor, y pudo distinguir dos ojos amarillos que lo miraban fijamente, su primer pensamiento fue correr, pero de alguna forma sus piernas no le respondían, le empezó a faltar el aire a sus pulmones, y recordó los días en el colegio, cuando apenas hacía un poco de ejercicio y tenía que darse una dosis doble de su espray bucofaríngeo, para evitar un ataque de asma.
Ni siquiera tuvo el tiempo suficiente como para que los recuerdos de toda su vida pasaran frente a él; de entre las sombras un enorme lobo pardo saltó hacia su pecho derribándolo por completo de espaldas al suelo, sintió el tibio aliento del enorme animal en su cuello e instintivamente se cubrió el rostro. Quien sabe que pensamientos cruzaban por su mente en aquel último momento, pero de lo único que estaba seguro era de que no quería morir, irónicamente, la muerte era lo único que iba a conseguir aquella noche.
No sintió dolor, al menos no en el lugar donde el lobo había arrancado un enorme trozo de él, hubiera gritado si no tuviera la garganta destrozada, más bien el dolor era en su pecho, como si sus pulmones estuvieran inundándose de algún líquido, y su corazón trabajara al doble para drenarlos, cosa casi imposible, ya que a cada intento que hacía por respirar, sus pulmones absorbían más y más sangre hasta que le fue imposible seguir con vida.
No hay nada más cruel que darse cuenta de que nosotros, como humanos no somos el último eslabón de la cadena alimenticia, sobre todo cuando se tiene tanta conciencia sobre la vida, o tanta confianza en el control de esa misma vida.
Al día siguiente los noticieros difundieron la noticia y cada uno dio la versión que le pareció la más acertada, unos dijeron que probablemente había sido atacado por un grupo de pandilleros con algún perro de esos entrenados para pelear, otros dijeron que había sido un crimen de odio, una exagerada homofobia llevada al extremo, o tal vez un crimen pasional, los más aventurados hablaban de algún hombre-lobo, que se dedicaba a cazar a los que osaban desafiar las leyes de la naturaleza, comentario que causaba mas preocupación que risa por venir de algún periodista con título universitario.