Estoy en medio de la nada, en un hotel que es casi nada, o
es todo lo que tengo, que es nada.
Caigo aquí porque caí, porque uno suele caer siempre que
camina, es el precio de caminar, caer de vez en cuando, solo que unos caemos más
que otros. Yo por ejemplo, caigo en la habitual nada, en medio de la desolación
de las preguntas, las habituales, las de la soledad y las del por qué uno
abandona todo por la nada. Es por estupidez. Pero uno no puede negar lo que es
ni lo que tiene. Yo no tengo nada más que mi estupidez que usualmente me
acompaña a todos lados.
Estoy harto de lastimar, cuando lastimo, por regla también me
lastimo, quizá para no parecer un dictador o un eterno vencedor entre los
maldecidos en el sopeso de la soledad, Lissette me decía que siempre que
discuto quiero ganar. Esa suposición siempre me pareció absurda, carente de
coherencia, todos siempre queremos tener la razón, o creemos tenerla. Nadie entra
en una discusión a sabiendas que su pensamiento es erróneo. Si nos aventuramos
con los guantes a la primera campanada del asalto, es porque confiamos en lo
que decimos, no conozco a ningún sparring de la discusión que empiece a hablar
sólo para perder, a nadie le gusta perder, pero también cansa en la vida, el
ganar.
Siempre da sentimiento desértico el saber que uno no
pertenece a nadie, uno necesita saberse protegido por el pensamiento de
alguien, la soledad nos va bien a muchos, pero incomoda el alma, incomoda todas
las mañanas que no vas a despertar acompañado, incomoda el silencio que deviene
del respiro profundo de una mujer a tu lado, abrazándote, sintiéndote propiedad
de alguien, para que en la caja fúnebre pueda haber una leyenda en madera que
rece: “Aquí yace un gran pendejo, que al menos fue afortunado”.
Qué necesidad la de nosotros de saber que alguien piensa en
nosotros. Qué necesidad de lastimar. Qué necesidad de vivir por siempre.
No quiero una mujer de papel, pero temo a las de hierro; no
quiero una virgen, pero no puedo lidiar con los fantasmas de los pasados que no
son míos. Soy inmaduro y puedo dormir en una banqueta en el pueblo donde no ha
llegado ni el nombre que le asignaron, sólo no me quiten la memoria, que quiero
vivir para contar cada tropiezo que tengo, para quien lo quiera escuchar, para
quien lo quiera leer.
Me gusta el Whisky, esa es una máxima que se termina al sonido
del licor con los hielos, Soy un hombre de letras o intento serlo, a veces en
un escueto intento. Soy un hombre de sueños y no soy suficiente hombre para una
mujer, ni hay mujer que quiera mantenerse con un hombre de letras y de sueños;
porque siempre somos de extremos, nos mantenemos a la deriva, y cuando estamos
a la deriva volteamos al cielo buscando los relámpagos de una tormenta. Nos
sentimos cómodos escribiendo a los pies de un pararrayos que nos tenga con el
culo hecho un nudo. No somos para cuestionarnos, sino para cuestionar, somos lo
más complacientes, más aún con uno mismo. Creemos ciegamente en lo que hacemos
y queremos que los demás lo hagan y cuando nos preguntan de nuestro futuro, nos
vamos vueltos polvo. Somos polvo, tampoco queremos estar solos, pero lo
estamos.
Mírenme, aquí me tienen encerrado en las lluvias que
recuerdo, esperando a que me llegue la suerte y no me atrevo a asomar la cabeza
por la ventana, temo ser encontrado y temo morir sin que alguien venga y ponga
una carta de amor a mis pies fríos y blancos, sin tierra que andar ni pasos
pendientes. Mírenme, nadie viene a mi encuentro, no han sido suficientes las
palabras de amor para nadie, ni han sido calurosos los abrazos, no despiertan
curiosidad mis ausencias, se cubren con nuevas compañías las promesas que no
eran tan serias y que iban dirigidas a mí.
No hay calma en las canciones, ni los automóviles dejan de
pasar a las puertas del hotel de mala muerte donde estoy, y que suelen ser los
lugares donde mejor escribo, donde mejor me dejo ir, donde los fracasos se
forman para que me los tire de uno por uno, y ellos me dejen un par de billetes
en la cabecera de la cama. Todos los fracasos que me visitan me dicen: “Tienes
una puta suerte”, pero yo no sé si es una puta buena suerte o una suerte de la
mierda, sólo sé que de vez en cuando, cuando llueve arena, los fantasmas me visitan
y me susurran al oído sus silencios.
Duerme mi amor, duerme que ya no te molestaré más. Duerme tranquila,
que mi intranquilidad se mantendrá inquieta, pero lejos de ti. Duerme gran
desamor, quédate quieta a la orilla de la cama y no caigas en el precipicio de
la noche, que es donde estoy, y desde donde te grito que no vengas, que aquí
hay pisadas de sangre, olvidos y descuidos. Aquí en el precipicio sólo se
encuentra fuerza para gritarte, gran desamor, que te mantengas alejada de la
orilla, hazte al centro de tus planes, mantente estudiando para evitar estar aquí.
Y si quieres acercarte, sólo escucha mis palabras pero no te atrevas a venir,
porque no es un lugar lindo, hay sonidos de Dante y no se duerme con
tranquilidad, aléjate del abismo, porque la oscuridad es sobre todo, muy mía.
¡Ah qué ganas de volar!, que ganas de tomar la mochila e
irme, de decirle a Grettel: “sígueme” y que me siga por el resto de mi aventura,
como sé que lo hará.
¡Qué ganas de ser viento, de ser agua, de ser cielo! ¡Qué
ganas de ser de alguien, de ser de todos los días, de mantenerme muy vivo para
recibir la bella muerte con el primer silencio del mundo! ¡Qué ganas de
inventar las reglas de nuevo! ¡Qué ganas de olvidar, sí, qué ganas de olvidar,
qué ganas de no recordar lo que tanto duele! ¡Qué ganas de poder cabalgar sin
sentido ni temor! ¡Qué ganas que te vayas con todo el dolor que me causaste!
¡Qué ganas de no haberte escuchado nunca en tus confesiones más sinceras, en las
que creías que nos acercábamos y que en realidad nos alejábamos!
Pero no soy lo que quiero, ni mis ganas son deseos que se
puedan cumplir, porque al fin estuviste y al fin me dijiste todo lo que creías
que nos mantendría juntos, pero mira, ahora estoy derrotado en la tierra roja.
Al fin ganaste, al fin fuiste importante y me diste profundo. Al final no te
podré olvidar. Al final no te quedaste como prometiste que lo harías. Al final
fuiste una buena intención y yo terminé siendo tu abandono.
¡Qué ganas de ser viento y qué veles en mí el resto de tu
vida!
Somos tan inconscientes,
que al extender los brazos, tiramos de los pilares que nos cobijan de la
intemperie. Somos tan absurdos, que no sabemos amar, pero queremos hacerlo. Somos
tan ciegos que no vemos, pero sentimos que es aquello que no sabemos que nos
mantiene hiriendo y mantiene a las demás personas hiriéndonos. Porque seamos
sinceros, yo te he causado daño, mucho de ello porque tus resoluciones eran
actos vandálicos y en otras ocasiones eran genocidios, somos tan hirientes, que
el otro responde igual o quizá no.
Quizá fuimos amorosos y no lo vimos, ni vi tu amor ni tú el
mío, a veces siento que soy de la nada y soy todo contigo. A veces sé que esto
no está bien, pero quiero volver, porque sin ti soy silencios y contigo soy
preguntas, soy penas y soy alegrías, soy todo el amor y todo el odio, soy todo
lo que quieres que sea y aquello que no quieres. Porque querías todo de mí y en
mi todo hay noches, hay días, hay huidas y disculpas, pero sobre todo, hay
esperanzas por encontrar algunas palabras y con un poco de suerte, unas cuantas
rimas.
//DIXO. ~Fernanda Tapia + Fernando Benavides.

Gracias mil por la transcripción.
ResponderEliminar