He perdido la cuenta de cuantas veces he muerto, tampoco sé
lo que hago aquí, ni lo que haré, me encuentro entre los lagos congelados de la
memoria y la torpe primavera que nos invade arrebatándonos el sueño, no recuerdo
cuanto había aplazado este encuentro, tampoco tengo razones del por qué lo
hice, ni me viene a la memoria el número de días que he perdido, como si
hubiera estado agazapado, ahí escondido en una caverna y apenas estuviera
saliendo de entre las piernas de mi madre.
Tengo claro algo, he conservado todo lo que he visto en la
oscuridad tan necesaria, he olvidado como se camina, como se yergue uno, he
olvidado la forma de la luna, el ruido del mar, la forma de las sombras que
antes me ataban al suelo o me ofrecían cuerda gruesa de escape, he olvidado el
dolor, el nombre de Dios, las reglas del mundo, los callejones de la ciudad, he
perdido las llaves del imperio soñado, he olvidado como se olvida y me he
llenado de voces que vienen de la montaña.
Ya no sé quién está fuera, cuantos del ejército que éramos
se han ido, cuantos sobrevivimos y me invade cierta angustia, una continua
desesperación, un motivo que me parece perdido: escribir para los que antes
éramos y ahora quizá solo sea yo, andando entre puentes acabados, entre las
ruinas, entre las atalayas abandonadas. Ya no sé quién me escucha, ya no sé quién
sigue allá afuera.
¡Levántate! Le digo al cuerpo muerto que me encuentro en el
camino, no me responde y no me sorprende, es una res que ha caído muerta de
sed, el agua no pasó por su garganta, quedó a la espera del amo muerto; en
alguna parte debe estar. ¡Vamos Levántate! Le digo al animal muerto, pero sólo
responde con olor a muerte, no se levanta, yo me quedo a su lado consolándolo
de su muerte, acariciando su crin, es uno de los tantos que he visto.
Ya no sé si soy el ultimo cobarde en la tierra, lo mejor que
a veces se puede hacer es correr sin voltear atrás, si me levanto, bailo con
las sombras que se van al atardecer, si me quedo, muero, si no me dicen que
hacer, el silencio llega, porque la noche llega sin hacer ruido y para
entonces, el día muerto, como el animal a mis pies, como la vida a mis plantas,
como las estrellas que se alejan cada año con más frecuencia.
Estamos solos amigos, que no les quepa duda al respecto,
estamos solos y si no nos hablamos, solos nos quedaremos usando estas ubres
para recargar la cabeza, esperando que nos llegue un sueño placentero entre los
hedores de la muerte.
Llamo, pero nadie responde, estoy soñando, eso es claro,
porque a mi lado está la espalda húmeda y morena de una mujer que me sostiene
de la mano, pero no me saca del sueño, no puede saber que me hundo en la noche,
sigo aquí andando como si las nubes se pusieran en mi contra.
El mundo anda resuelto a no entenderse, el mundo se
encapricha con algunos para que no lo entendamos, para que no seamos felices ni
encontremos un pantano decente para hacer el amor, aquí el tiempo no ha pasado,
como si volviera la vista a mis hombros y escuchara justo atrás la tormenta de
la playa que duró tres días sin parar, aún escucho el latir del corazón de un
gigante que me olvidó en el último suspiro de su vida, aún veo las cicatrices
de mi llanto.
No hablo francés, hablo en silencio y deseo escuchar el
silencio, porque el silencio es el único idioma universal; el silencio y las
lágrimas, eso es lo que todos entendemos, con lo que todos nos amamos sin
preguntas, ya no deseo que me pregunten, no tengo respuestas en mis sueños
recónditos.
He regresado más ácido, más incomprendido, mas desesperado
con la oscuridad sembrada. Somos un engaño de nosotros mismos, una disculpa que
no nos hemos ofrecido, un perdón condenado al silencio, ejecutado a medias,
somos un punto medio constante, somos aquello que pudimos ser y no fuimos,
todos los sueños, un puñado de ellos que está en compañía del jamás, de un
cuento que nos avergüenza contar, somos aquellas promesas que olvidamos y no
queremos recordar, somos lo poco que hemos logrado, un día sin luz, una noche
eterna, orgullosa, somos el fin sin haber llegado a él, somos lo que logramos.
Esta es mi confesión, soy mis intentos.
Tengo unos cuantos deseos sin decir, deseo tener un padre,
uno que no se vaya, que me enseñe que morir está bien, deseo ser un hijo sin
olvidos, uno que tenga algo de pan para ofrecer, que no pida cobijo cada que el
huracán llega y me envuelve, deseo llorar más seguido, deseo no haber pedido
tantos deseos, deseo pedir perdón por no haber sostenido el mundo y tirar de el
a quienes no pude mantener, lamento que hayan creído en mí, lamento haber sido
un engaño, deseo ser alguien que no sea todas las personas que soy, deseo
mantenerme en lo dicho, pero no puedo.
Sólo escribo en la oscuridad, sólo aprendo cuando hay frío,
espero que mis amigos no se lamenten por mi tiempo, ni me vea en el inframundo
completo, decepcionado; lo siento pero, no puedo ser tan poco humano como
quisiera, ni puedo engañar sin morir al dedillo del intento.
Deseo sembrar palabras y que las cosechen ustedes, amados,
si aún están allí.
//Dixo ~Fernanda Tapia + Fernando Benavides.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
De allá pa'cá