miércoles, 24 de julio de 2013

30

        ...y la lluvia caía sobre mi cabeza, diluyendo las ideas suicidas, lavando el desánimo, llevándose lejos la tristeza.   

Y como proyectando mi desesperación el cielo gris gritaba. Lo hacía tal vez a sabiendas que yo callaría, que de mis labios no saldría reproche alguno, que aceptaría el destino que hubieras escrito para mi, que podría vivir con tu desprecio. 

Y caminé sin rumbo fijo; diez años avancé en círculos concéntricos, alejándome y rondando tu recuerdo, hasta que te olvidé.   

Y solo entonces, en ese preciso momento en el que dejaste de ser todo para mí, apareciste de entre los recuerdos muertos, con una sonrisa en los labios pretendiendo borrar el pasado.   

Y quise decirte que no, pero fui débil, me dejé arrastrar por tus disculpas, por tus tragedias, por tus frustraciones, y dije sí.  

Y tus labios sabían al primer beso, emanabas el fresco olor del edén incitándome a morder el fruto prohibido, ofreciéndome el paraíso que antes me habías negado, y pude al fin tocar el cielo.   

Y te vi caer plácidamente en un  profundo sueño, tu conciencia estaba limpia ahora, tu cuerpo desnudo iluminaba la oscura habitación.   

Y desee quedarme para siempre contigo, y convertirme en el hombre que tantas veces quise ser, pero esas promesas ya no existían en mí, así que en silencio me marché.  

Y la lluvia caía sobre mi cabeza, diluyendo las culpas, lavando el remordimiento, llevándose lejos tu recuerdo.   

Y como proyectando mi convicción el cielo azul brillaba. Lo hacía tal vez a sabiendas que yo callaría, que de mis labios no saldría promesa alguna, que aceptaría el destino que yo he escrito para mi, que podré vivir con tu rencor.

//José G. Cisneros Estrada. 
~Diciembre, 2010. 

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